Perrros, de Mark Alizart - Ed. La Cebra
Ese perro bebiendo agua en mi vaso de agua tiene en su cara un
asombro parecido a mi cara. Acaso, es un destello del perro de mi cara, otro
asombro de mi espejo donde aparece el agua (bebida) y el perro borrado por
milagro.
Osvaldo Lamborghini, Sobregondi
retrocede.
Recuerdo haber leído por ahí que leer es un
acto de fe. Un acto donde lo que se juega primero que nada es cierta fidelidad,
porque hay que comprometerse a la palabra de otro u otra al menos en una
entrega, por ejemplo, de tiempo, porque hay que partir de la creencia de que
ahí donde nuestros ojos tocan, hay algo: un sentido, una pregunta, una
anécdota, un estornudo, incluso una letra, incluso porque hay que creer que ese
jeroglífico que vemos es una letra. Habría que agregar, también, que leer
supone cierta servidumbre: se lee para ponerse bajo la palabra de otro u otra.
O bajo sus marcas. Y en la mayoría de los casos, voluntaria: comúnmente, nada
ni nadie nos obliga a leer. Leer es un acto de fe, un servirse de la palabra de
alguien más y una entrega de algo nuestro a eso que leemos. Un acto de fe y
servil. Pero agregaría a su vez, un acto alegre. Leyendo Perros de Mark Alizart, una sensación de este tenor me queda
resonando. La sensación de asistir a la alegría de la fidelidad o, más complejo
aún, a la alegría de cierta servidumbre voluntaria. Vamos por parte. El libro
comienza con un objetivo dulce para terminar afirmando, casi con rabiosa
seguridad, otra cosa. Alizart nos propone comprender “el milagro de la alegría
de los perros” y termina afirmándonos que nosotros, humanos, venimos de los
perros. El singular giro de una pregunta sobre la alegría canina a nuestro
absoluto parentesco con ellos, pasa de improviso. Como si dijéramos, Alizart se
encuentra, como nosotros, los lectores, con esta verdad. Con su raíz canina. Y
nos la deja leer en el gozo de esa revelación. La alegría perruna pasa, así, a
ser la nuestra, porque nos vemos perros.
Empezando por repensar el prejuicio que pesa
sobre la supuesta alegría en la sumisión del perro al señorío del hombre, y por
medio de un lento paseo sobre diversos mitos, textos, películas y anécdotas, el
autor nos propone la historia del hombre signada por la del perro y viceversa.
Como si nos dijera, fueron el uno para el otro el límite (“la membrana” es la
figura que emplea Alizart) mutuo con que se desarrollaron. Límite que no
separa, sino, por el contrario, que une. Entiende así que la fidelidad incondicional
del perro viene por su comunismo: “no es que amen a los amos, es que aman a la
sociedad”, sostiene. En otras palabras, aman a lo que une, a lo que hace
comunidad. Pero porque ellos son precisamente “el animal que une”, dice Alizart,
señalando la condición medial del perro, a medio camino entre la naturaleza y
la cultura, entre la barbarie y la civilización. Es que el perro es una figura
límite, de los umbrales. Suelen dormir bajo los marcos de las puertas, ahí
donde lo que es el interior de una casa, por ejemplo, se quiebra en el
exterior. Como figura límite, entonces, el perro unifica, pero lo hace
quebrando la interioridad y definiéndola a la vez como interioridad —como hace
cualquier límite—, casi a mordiscones. Una forma de ingresar el afuera en un
adentro. Y lo que unifican esos dientes primero que nada es la idea de
humanidad. Por eso venimos de los perros, porque así como el día quiebra la
noche convirtiéndola en tal, los perros quiebran a los hombres haciéndolos ser
lo que son. No habría hombres sin perros. Esta es la tesis central del libro.
Entonces, ¿cómo es que se une la pregunta por
la felicidad de los perros y el hallazgo sobre nuestra ascendencia canina? La
respuesta es contundente: “El perro es feliz porque hizo al hombre…” Otra forma
de decir que el perro es la madre de los hombres. El eterno cliché del amo y el
siervo con el cual se ha defenestrado a los perros, se da vuelta rotundamente.
Somos siervos de los perros. Su fidelidad es, en verdad, la nuestra. En
consecuencia, ellos son nuestros amos, nuestros reyes que nos llevan de la
correa, nos hacen jugar, nos hacen alimentarlos. “Ese perro, tu rey”, concluye
el libro de Alizart. Quizás acá se encuentre el gozo de mi servidumbre de
lector, la alegría de mi fidelidad mientras leía estas páginas. No estaba sino
asistiendo a un retorno a mi origen, al encuentro con mis reyes. Pero no, hay
algo más.
En la solapa del libro editado por La Cebra,
otro animal quizás perruno, se nos cuenta que este libro nace ante la muerte de
un perro en particular, Luther. Pienso en la muerte y recuerdo, como un eco
lejano, un cuento de Borges con el que podríamos darle una bienvenida argentina
a Alizart. En “El inmortal”, el narrador se nos presenta como Marco Flaminio
Rufo, un tribuno de una legión romana del siglo III d.C., que decide, guiado
por ciertas fábulas, dedicarse a descubrir la mítica Ciudad de los Inmortales y
beber el agua del río que “purifica la muerte de los hombres”. Aventurado en su
empresa, y ya habiendo quedado solo luego de que sus hombres murieran o
desertaran, nuestro personaje llega finalmente a las afueras de la famosa
Ciudad y bebe, herido y sediento, de un riachuelo. Encuentra a su vez
trogloditas, cuasi hombres que no hablan y comen serpientes, que viven en grutas
y no hacen nada, ni siquiera dormir. “No inspiraban temor, sino repulsión”,
dice el narrador. Recuperadas sus fuerzas, se dirige al lugar deseado y una de
estas criaturas lo sigue “como un perro podría seguirme”, pero quedándose en la
puerta de la gran Ciudad, como esperándolo. Luego, una vez afuera de esos
suntuosos y laberínticos palacios de piedra, el tribuno reencuentra a su
singular compañero. “La humildad y miseria me trajeron a la memoria la imagen
de Argos, el viejo perro moribundo de la Odisea,
y así le puse el nombre de Argos y traté de enseñárselo. Fracasé y volví a
fracasar.”, comenta. Finalmente, luego de unos días, el legionario romano se
despierta de un sueño y ve que Argos, el troglodita, llora mientras contempla
la luna. “Argos, perro de Ulises”, gime en un difícil griego. El tribuno le
pregunta qué sabe de la Odisea. “Muy
poco”, responde. “Menos que el rapsoda más pobre. Ya habrán pasado mil cien
años desde que la inventé.” Los inmortales eran, a fin de cuenta, los
trogloditas que moraban en los alrededores de la Ciudad y el salvaje que se
hiciera fiel seguidor del narrador no era otro más que Homero, quien había
escrito la Odisea mil cien años antes
y lo había olvidado. Pareciera sugerirse de fondo que la inmortalidad no sería
sino una vuelta al origen del hombre, a su prehistoria perruna. Y es algo de
esta pregnancia cíclica lo que nos exige el libro de Alizart, volver a los
perros.
Después de Deleuze, los filósofos se han
acostumbrado a pedirnos que devengamos algo distinto a lo que somos. “Menor”,
“animal”, “mujer”, en la mayoría de los casos. Y Alizart también lo hace, pero
con una preciosa ironía. Es que nos pide que devengamos perros, justamente
aquel animal que Deleuze detestaba, considerándolo la vergüenza de su reino o,
como recuerda Agamben, un animal triste, como el hombre. ¿Qué puede significar,
entonces, “devenir perro”? Retrocedamos. “Argos, perro de Ulises”. En el canto
XVII de la Odisea, cuando Ulises
regresa a su casa en Ítaca vestido de mendigo para que nadie lo reconozca, es
Argos, su viejo perro, quien lo reconoce. Y muere. Al instante. Pascal
Quignard, en su libro Morir por pensar,
traduce ese reconocer como “pensar”. Argos, el perro, piensa a Ulises. Y muere. Y no solo lo espera por veinte años, sino
que está recostado sobre el estiércol. En la miseria. Mueve la cola, baja las
orejas, y muere. Una lágrima, como la del troglodita en el cuento borgeano, cae
por las mejillas de Ulises. Prosigue Quignard: “el verbo ‘noein’ (que es el
verbo griego que se traduce como pensar) quería decir primero ‘oler’.” Con lo
cual, bien se podría decir junto a Alizart que la filosofía nace en la nariz,
en el hocico, en esa facultad de juzgar perruna, facultad que espera y espera.
Pero, entonces, ¿qué implica la muerte de un
perro, la muerte de Argos pensando a Ulises después de esperarlo veinte años? El
autor de Perros nos propone una tesis
sacrificial: “Todos los perros pueden ser considerados como combatientes
muertos por la humanidad.” Yo no estoy de acuerdo. Y no lo estoy alizartadamente. Es que no hay alegría
en el sacrificio. Creo que la muerte de un perro nos revela la ausencia de todo
sacrificio, una fidelidad alegre, más íntima: la de nuestra propia muerte. Y es
eso lo que presentí en la lectura de este libro. La alegría de mi propia muerte
en su fiel espera en el umbral de otro mundo, incluso echada sobre estiércol,
incluso a pesar de los años, pero sin sacrificarse, espera sin sacrificio. La
muerte de un perro enseña que la muerte es la perra de la vida, de cada vida,
la fiel compañera. Con lo cual, devenir perros, podría decirse retomando la
ética de Alizart, es una forma de aprender a morir.
Quisiera concluir contando un efecto de esta
servidumbre lectiva. En la noche del sábado o del domingo, soñé que me nacía
una muela en el paladar. No hablaba, no le contaba a nadie esto, solamente
sentía un diente de más, y lo veía saliendo de la negrura de mi hocico, como si
mirara dentro, pero sin mirar. Conservo la imagen vívida. Después aparezco caminando
por las calles del barrio de mi infancia, yendo a la panadería, esa del cartel
con letras amarillas. Un perro de manto negro, de patas flacas y de estómago
hinchado comienza a seguirme. Es el Sambo. Tengo ocho o diez o doce años y me
sigue hasta mi casa. Lo hago pasar, le sirvo comida en una vieja olla de metal.
Come, duerme, y por las noches se va de juerga, como dice mi papá. No es
guardián. Vive con nosotros dos años hasta que un día decide abandonarnos. Cinco
o diez o quince años después me entero, no sé cómo, que había muerto y mis
padres nunca me lo contaron. Prefirieron inventarme que se había ido. Me
despierto, estoy transpirado, la almohada estuvo apretándome la mandíbula,
siento la boca seca y rara. Recuerdo la muela en el paladar, pienso en el Sambo
y en que todavía estoy esperando que vuelva. La luz de la mañana se derrama a
través de la ventana. Las páginas del libro sobre la mesa me piden que vuelva a
leer. Entonces, mientras espero al Sambo, con un café caliente entre las manos,
sigo leyendo en silencio.
Publicado en https://edicioneslacebra.com.ar/los-perros-y-la-muerte-sobre-perros-de-mark-alizart/

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