Manuel Ignacio Moyano
Iba a empezar estas líneas con la
palabra “entro”. Y no. No puedo porque no entro a ningún lado, sino que ya estoy
ahí: en el acá y ahora de una escritura.
Para leer, hay que abrir los
libros, encontrarles la vuelta, las grutas por las cuales se ingresa a la
caverna del escritor, ese lugar donde solo hay jeroglíficos en las paredes y
resonancias de ruidos que no se sabe de dónde vienen ni dónde van. Con los
libros de Augusto este ingreso aparece como las noches de invierno, como los
sueños o el insomnio. De golpe. Sin pedir permiso. En estos libros, la
literatura nos topa, nos lleva puestos, no espera que entremos, nos avasalla y
disloca sin piedad. Se hizo de noche, decimos, y no lo podemos decir sino en
pasado, porque no nos dimos cuenta de su llegada, porque sin prestar atención nos
vimos en un lugar que no conocemos (repito, como los sueños o el insomnio). Estamos
así adentro de la caverna literaria por un gesto que nos avanzó (detalle
primordial: el fantasma de la vanguardia, ese gesto de avanzar, recorre continuamente
las líneas escritas por Augusto).
En esta caverna hay una sola
verdad. La opacidad. Por eso se trata de una zona anónima en la que algo que
por convención denominamos “una voz” se esconde y se pone en estado de perpetuo
secreto. Se sabe ya: solamente hay una voz literaria cuando emerge esa
oscuridad que desatiende las identidades, los rasgos, las caras, los quiénes,
las biografías, los temas, los premios y las ventas en la transparencia del
mercado literario. Lo único que podemos ver ahí, en la caverna, es una gran
boca destilando esa voz que se pierde entre las paredes dejando solamente
piedras picadas y resonancias. Hay escritores que hacen de esa boca una sonrisa
igual de irónica que bella (Borges, Libertella, Aira), otros una carcajada (los
Lamborghini, Harwicz), otros un bramido mudo (María Moreno), otros una máquina
de dientes (Fogwill), otros una caja de ritmos (Néstor Sánchez). Augusto no se
cuenta en ninguna de esas bocas. La suya es distinta.
Insisto: no entramos, cuando
leemos sus libros, ya estamos ahí. Y la caverna, esa gran boca de piedra en la
que resuenan las marcas de la literatura, se nos aparece entonces como lo que
nos rodea, aquello que nos inunda. Esta excritura (y ahora la digo con la X del
prefijo ex-, que supone el afuera, lo más allá, lo ex-traño) es una caverna puesta
fuera de sí, una boca salida, dada vuelta como un guante. Por eso estamos ahí
sin haber entrado. Se trata de una boca que desbocándose vino a nosotros. En
Augusto y su literatura asistimos a un desboque, a la pasión de quien excribe
para esquivar los lugares donde queremos rubricarlo. Por eso cualquier libro suyo
nos desarma como un río serrano en el instante oblicuo de su crecida. La pasión
del éxtasis.
Así es como podemos leer estas Incrustaciones dubaitíes. Pero agregando
un detalle más. Se trata de un desboque que ahora recuerda. Que nos lleva a un
paraíso artificial, a Dubai y a una infancia. A medio camino entre películas
hollywoodenses en VHS, maestros de escuela en inglés, cinematógrafos y
bibliotecas ya destruidos, este libro avanza como la tipografía manuscrita que
llamamos letra cursiva con el frenesí continuo de arrojarse hacia adelante,
aunque volviendo cada vez para colocar los puntos sobre las íes, las tildes
necesarias y las barras que horizontales cortan las tes. Así avanzan estas
incrustaciones dubaitíes. Como si dijéramos, a través de una fuerza arborícola
que se da formas rigurosas, entallándose con una inmodestia que va recreando un
cuerpo singular: el de una “palmera datilera” recostada artificialmente sobre
el mar. Este libro tiene la singularidad de abrirse como un árbol, con su misma
fuerza, pero acostado, perdiendo así la solemnidad de la verticalidad, aunque dejándonos
con la sensación de vértigo y evitándonos el mal gusto de cualquier
sentimentalismo memorioso. Dubai aparece como un vértigo horizontal.
Lo que se nos da en este desboque
memorioso, por lo tanto, es una infancia tan espumosa como la brillantina de
las películas hollywoodenses, o sea, como el fetichismo de la mercancía y su
espectáculo. Y esta memoria se enclava igual que el artificio de una
republiqueta bananera: “un tal Tom Baker que vivía extático”, dicen unos
versos, “con su mujer, sus hijos, su O Km; / y un empleo / permisible a la
sonrisa del Guasón / que presumía a
toda hora / cambalachar –como yanqui que era- / d américan güey of laif”. Esto nos permite entrever que las
incrustaciones dubaitíes, acá poetizadas, son en verdad incrustaciones de una
yanquilandia impuesta como mercancía global. No se trata de un libro de
denuncia, no me malentiendan. Se trata de una práctica que retoma el proyecto
más auténtico de la literatura moderna, el de Baudelaire, aquel que buscaba exasperar
a tal punto la conexión entre mercancía y poema para que así reventaran a la
vez. De nuevo: el fantasma de la vanguardia haciéndose eco en esta excritura.
Dicen otros versos: “…rupias yenes soles libras francos tugs / australes pesos
pennies liras dinares / pesetas piastras napolitanas florines / escudos rublos
fiales dinares coronas / doblones dólares marcos & —claro— / dírhams… / d
las formas / & tamaños / + diversos”. La poesía como moneda, como dinero,
como entregada a su límite, el mercado, para desbor/darse. Un gesto que hace
reventar la literatura contra el mercado, justamente eso que el mercado
literario, o bien, la literatura de mercado, no quiere hacer bajo ningún precio.
De modo que la caverna desbocada de
Augusto nos deja ahí donde la vida mercantilizada, “d américan güey of laif” o bien nuestro presente, explotan. Las
esquirlas de esa explosión se llaman, justamente, “incrustaciones dubaitíes”.
Hay un gesto libertario acá que es preciso saber leer, hoy más que nunca. Un
gesto donde la liberación del poema ocurre en su estampida contra la moneda.
La poesía arde, entonces, sin
solemnidad militante, como un río de fuego. Como plásticos quemándose en
nuestra memoria. Como la noche derritiendo la lengua, sin pedir permiso. Y eso
se agradece: muchas gracias.
Publicado en https://www.vallejoandcompany.com/un-desboque-memorioso-sobre-incrustaciones-dubaities-de-augusto-munaro/

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